MARRAKECH

MARRAKECH

A día de hoy, Marrakech es una de mis ciudades favoritas del mundo. La primera vez que estuve, me chocó un poco el caos de la ciudad, las calles, la gente… pero con el paso de los días aprendí a apreciar la cultura, los colores, los olores y el encanto tan especial que tiene esta ciudad.

Es comprensible que artistas de la talla de Yves Saint Laurent, Elton John o Paul McCartney encontraran inspiración en una cuidad tan única y es que, aunque es conocida como la Ciudad Roja, en realidad es la ciudad de los mil colores, aromas y texturas. Es la ciudad del contraste, en la que lo mejor que puedes hacer es dejarte llevar.

Una vez entras en la Medina, que es la parte más tradicional (aunque también la más turística) te pierdes en un laberinto de callejuelas que conectan plazas, mezquitas, mercados y palacios. 

Si te pierdes no es problema, ya que todas las calles te acaban llevando siempre a la Plaza Jemma el Fna, la más famosa y concurrida de todos Marruecos, y probablemente de toda África. Ahí, puedes pasar tardes enteras entre puestos de comida, tiendas, restaurantes, encantadores de serpientes… Pero sobretodo merece la pena ver el atardecer desde una de las terrazas de la plaza.

Una de las primeras paradas para mí ha sido siempre el Palacio de la Bahía, una de las obras maestras de la arquitectura marroquí, construido a finales del siglo XIX por encargo de Ahmed ben Moussa, y se dice que en honor a su mujer favorita.

El Palacio el Badi, cuyo nombre significa “Palacio de lo Incomparable”, es otra parada obligatoria para recordar la historia de Marrakech, y es que fue construido por el sultán saadí Ahmed al-Mansur Dhahbi para conmemorar la victoria en la batalla de los Tres Reyes.

Las Tumbas Saadíes es otro de los rincones históricos más importantes de la ciudad. Situadas junto a la mezquita Moulay El Yazid. Se trata de uno de los pocos vestigios de la dinastía Saadian y una de las joyas de la ciudad. El mausoleo principal cuenta con tres salas, siendo la más famosa la Sala de las Doce Columnas, que alberga la tumba del sultán Ahmad al-Mansur y sus herederos. Las columnas de mármol blanco están coronadas con una gran cúpula que es imposible dejar de contemplar.

La Mezquita Ben Youssef que se sitúa a la entrada de la Medina es una de las más importantes de la ciudad. No se permite visitar a los turistas (ni esta, ni ninguna mezquita dado que son lugares de culto). Pero la arquitectura es digna de contemplar.

Y lo que más recomendaría de todo, es perderse por los zocos: el zoco de Rahba Kedima que es el de las especias, el zoco de las pieles (Btana), Zrabia es el de las alfombras, Siyyaghin es el zoco de las joyas, y mi favorita que es el zoco Smata o zoco de las babuchas. 

La gastronomía marroquí es un must también cuando estéis allí! El tajine es el plato más típico y está riquísimo, lo hay de distintas formas: de pollo, cordero… el couscous, la sopa Harira, la Maakouda que es una especie de buñuelo de patata, y la comida de los puestos ambulantes en los que hay kebabs, pinchos de pollo, cordero y verduras y sardinas a la plancha. ¡No tengáis miedo de probar todo! Y si os ofrecen al final de la comida un té, es un ritual que también merece mucho la pena probar.

Riad des Princesses 

Mercado de las Especias

En cuanto al alojamiento, existen muchas opciones y a muy bien precio. La primera vez nos quedamos en un hotel que estaba a las afueras de la Medina, que suelen ser bastante lujosos, con suites grandes y piscinas enormes. El hotel suele proporcionar transporte gratuito a la Medina cada hora. Sin embargo, los Riads que se sitúan dentro de la Medina te permiten vivir una experiencia auténtica. Además estando en la Medina puedes ir andando a prácticamente todos los lugares emblemáticos de la ciudad.

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